Tu grano de arena


Papeles. Libros. Llega la selectividad. Eliges con miedo, pero… ¡Has tenido nota suficiente! Empiezas Medicina y por fin estás en la universidad. “¡Qué carrera más difícil!” dicen algunos, pero no tanto si sabes disfrutarla. Al fin y al cabo, aunque tienes que estudiar grandes montañas de apuntes durante navidad y primavera, el resto del año se torna emocionante. Especialmente cuando vistes tu primera bata blanca; todo imagen, cero responsabilidad. Y admiración. Admiración por los residentes. Esos médicos jóvenes con los que te identificas en el aspecto, pero no en los conocimientos. ¿Cómo pueden saber tanto de Medicina? ¡Si tan solo tienen 3 años más que yo!

Y, para cuando te quieres dar cuenta, ya eres superviviente del MIR y residente de Medicina Familiar y Comunitaria. De repente, se supone que entiendes todo lo que has tragado y vomitado durante tantas épocas de exámenes. Lo entiendes, sí. ¿Pero para qué? Pues precisamente para eso, para, después de tantos años, hacer medicina de verdad y no sentirte nunca más como un mueble en la consulta. Para por fin tomar parte activa y demostrar el tipo de médico que quieres ser. Y para aprender. Porque es muy difícil que no te emocione esta nueva etapa. Es muy difícil que no quieras aprender más para poder llegar aún más lejos con tus pacientes. Y porque ahora, a diferencia de hace 6 meses, ya no eres estudiante. Tienes que estudiar, sí, pero ahora tu responsabilidad no es estudiar, sino aprender a ser Médico. Y es que seis años de carrera y uno de MIR (incluso dos o tres para algunos) no te enseñan a ser Médico. Tan solo te dan esa base necesaria para que no tires la toalla en los momentos más complicados, momentos en los que alguien necesitará de verdad tu ayuda y tú serás el único que podrá brindársela. A ser médico se aprende siendo médico. Porque nunca se te olvidará tu primer paciente, ni tampoco la primera persona que te dio las gracias por tratarla, ni a los compañeros con los que compartiste esas primeras experiencias, pero tampoco olvidarás lo numerosos momentos malos de la residencia. Esas guardias sin parar un solo momento de trabajar (ni de recibir quejas de pacientes y adjuntos). Esos roces con algunos compañeros. Esa sensación de echar más horas que un burro en el trabajo y no las suficientes en el descanso. En fin. La vida en general y, en concreto, la laboral, no son caminos de rosas. Y la verdad es que, aunque creo que siempre se ha de hacer lo posible por plantarlas, también es necesario recorrer caminos de cardos y malas hierbas. Senderos que te permitan observar la existencia desde nuevos puntos de vista. Para condenar lo malo, primero has de conocerlo.

Es una pena que la Sanidad siga sin ser tan universal y tan de calidad como nos hicieron creer. Es una pena que, con tan solo meses trabajando, ya me tenga que llevar las manos a la cabeza por tantísimas injusticias que observo día a día en mi entorno. Pero mentiría si dijese que no me llena de alegría formar por fin parte de ella. Entenderla. Empaparme. Y con suerte, algún día, transformarla. Poner mi pequeño grano de arena para que, en un futuro no muy lejano, al menos unas pocas personas puedan alegrarse de tener al médico que tienen.


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