MI EXPERIENCIA COMO R1


Todo comenzó en Madrid… ese día 5 de mayo en el que no sabía qué pasaría con mi vida, en el que sólo sentía nervios y unas ganas inmensas de llorar porque me sentía desbordada, porque no sabía que me deparaba el destino…

Y llegué a esa puerta del ministerio con mis incondicionales, esos que no te abandonan pase lo que pase… y ahí fue cuando supe que en el momento que saliera por esa puerta nuevamente mi vida habría cambiado.

Después de dos horas interminables esperando con una única plaza en el HUVR, ese que había sido mi sueño desde que tuve la convicción de que quería ser médico, llegó mi momento. Y solo sabía llorar cuando por fin le di a ese botón y confirme mi destino.

Salí y allí estaban esperándome. Sin imaginar que mis lágrimas eran el producto de una enorme satisfacción, de un sueño que después de seis años de carrera, casi nueve meses interminables de estudio y un sinfín de vaivenes emocionales, por fin lo había conseguido. Tenía mi plaza de medicina de familia en la ciudad soñada y en el hospital que había deseado.

Los siguientes días solo fueron un conjunto de emociones inmensas. La búsqueda del piso, el saber que me iba de casa pero de otra manera, que ya no sería la misma libertad. Que tendría que despertarme todos los días para trabajar y que tendría que dar lo mejor de mí para convertirme en un gran médico. A eso se le sumaba la incertidumbre de no saber con qué personas me relacionaría, si tendría o no buenos compañeros, si podría soportar la presión que me esperaba… pero por dentro mi cabeza decía: -Tranquila, que esto sólo puede ser el inicio de una grandísima aventura. Y lo fue.

Llegamos a Sevilla, y ese primer día en el que había que ir a “Distrito Sevilla”, ese edificio que por mucho que busques en el google más no te aparecerá. El sitio al que le dices a cualquier taxista que te lleve y te dice: - Uf, eso está muy lejos ¿no mi arma?

Cuando entré por la puerta y haciendo honor a mi defecto de impuntualidad que he de decir que he corregido con el tiempo, llegue tarde. Y allí dentro estaban mis compañeros… catorce caras que sabes que serán muy importantes en tu vida y a las que nunca habías visto. Que no sabes como son, si encajaras con ellas, si tendrás o no buena relación… y aparte de ellos nuestros jefes que nos dieron una maravillosa charla de por qué estamos aquí y que esperan de nosotros. En ese momento no se lo que sentí pero sinceramente si sé que fue el principio de un cambio de pensamiento por mi parte.

Llego la hora de charlar con los compañeros, con los que había tenido algunas palabras por las redes sociales. Había que relacionarse con las personitas que iban a estar allí, puesto que iban a ser como una familia, tu familia de apoyo, de ayuda y de trabajo.

Cuando acabó esa charla fuimos todos a tomarnos una cervecita para conocernos más y desde ese momento comenzaron nuestras quedadas. Las primeras semanas no parábamos, era casi todos los días una cervecita en el Salvador. Conocimos a nuestros resis mayores, nos conocimos nosotros mucho más y nos sorprendimos cada uno a nuestra manera de como podíamos cambiar el chip y convertirnos en personas normales y totalmente alocadas simplemente con salir a la calle sin obligaciones. He de decir que de cada uno de ellos tengo una anécdota que contar, al igual que ellos de mí, seguro que se hartarían de narrar mis locuras…

En medio de esas salidas… el rotatorio de Urgencias. Como diría un viejo amigo, la primera en la frente. No se explicar lo que sentí la primera vez que entré por la puerta del hospital y me puse mi uniforme. Pero tuve la suerte de que en esas dos semanas, en las que se mezclaban los madrugones con los interminables cursos de bienvenida, tuve la oportunidad de empezar a formarme, de comenzar mi relación con los adjuntos, esa palabra que un año antes me habría hecho temblar. Y ahí comenzamos nuestra primera parada, nuestro primer contacto con los pacientes y con otros profesionales. Y si tengo que calificar la experiencia sin duda la volvería a repetir puesto que para mi formación fue primordial.

Pero no todo son fiestas y rotatorio… llego la hora de la primera guardia… esa que todo el mundo piensa que será su cruz… pues la mía fue un día 3 de junio… de 24 horas… Para que mentir, la noche de antes no dormí pensando en que significaría esa palabra… Cuando llegué allí todavía me acuerdo del nudo que tenía en el estómago… y es que yo por dentro sabía que estaba más verde que los tomatitos pero aún así tenia ilusión por superarme, por intentar dar todo lo mejor de mí y absorber conocimientos como si fuera una esponja. Y así me enfrenté desde el primer hasta el último paciente. Y a pesar de mi falta de experiencia me desenvolví lo mejor posible. Y superé esas 24h intensas como si solas, de la mano de un buen adjunto, y por supuesto de la mano de mis compañeros.

Las siguientes guardias ya fueron a mejor. Es cierto que algunas veces esos nervios naturales en mi me la jugaban pero poco a poco conseguí autocontrol y lo más importante, aprender a aceptar las críticas que te hacen puesto que son por tu bien, para que mejores y cambies, para que cada día seas más versátil y más médico. De cada adjunto con los que he estado me llevo algo. Entereza, exploraciones completas, vitalidad, calma y a la vez saber estar y sobre todo CONOCIMIENTOS.

Pero todavía quedaba una cosita más que superar… y eso era algo que evidentemente me iba a condicionar toda la residencia. Mi tutora de centro de salud. Todavía me acuerdo del primer día que conocí a esa mujer. Fue en la visita a los centros de salud. Tocaba ir a San Pablo, y yo al principio no tenía pensado ir. Ahora miro atrás y pienso en la alegría de haberlo hecho. La vi y lo primero que pensé fue: - Como me toque de tutora, voy a sufrir. Y como yo siempre pienso en que mi vida es una caja de sorpresas y de pruebas, obviamente acabó siendo mi tutora.

Los primeros días cuando entraba en la consulta no sabía dónde meterme. Estaba agobiada, callada, no podía abrir la boca delante de ella y no sabía cómo reaccionar con los pacientes. Yo me miraba por dentro y pensaba: -¿Quién eres? Porque no me reconocía. Me llevé bastantes regañinas, y es que ella tiene algo que impone. Vamos, que te deja sin palabras con sus conocimientos clínicos y al verla tan estricta piensas que mejor te callas, no vayas a quedar como una tonta.

Pero con el paso del tiempo fuimos afianzando esa relación tutor- residente. Ella se fue abriendo conmigo, yo con ella. Fui progresando a base de estudiar en mis ratos libres y de ampliar conocimientos. Hasta que ha llegado este momento en el que he oído de su boca: - Te voy a echar de menos. No me esperaba que fueras así. No te vayas.

Y esas palabras, viniendo de esa persona me hacen sentir mejor aún. Veo que progreso, veo que ella confía cada día más en mí y yo solamente siento alegría y más aún satisfacción, porque se con ella llegaré lejos. Tiene lo que a mí me falta y es esa experiencia de años de profesión que la avalan. Por no hablar de que esa apariencia que ella muestra, no tiene nada que ver con la realidad de su persona. Yo estoy hasta queriéndola porque tiene un fondo muy grande como persona que la complementa.

Y a día de hoy, después de casi seis meses de R1, me siento agradecida a la vida sin más, porque me ha regalado algo enorme que con palabras no se puede expresar.

Solamente me preocupa el poder seguir progresando, el seguir aprendiendo, el convertirme en un gran médico y en que todas las personas que depositan su confianza en mí no se defrauden, sino que cuando acabe esta experiencia digan:

- Una vez más, sabía que lo conseguirías.

María Dolores García Teba (Lola)

MIR 1 MFYC


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