Mi experiencia como R1


Corría el día 21 de mayo de 2018 y los 15 flamantes nuevos residentes de Medicina Familiar y Comunitaria nos encaminábamos a la reunión de bienvenida en el Hospital Militar organizada por la Unidad Docente. Tras una primavera de vacaciones bien merecidas tras pasar el terrorífico examen MIR, por fin había llegado el día en el que comenzaba una nueva etapa en nuestras vidas. Una etapa de cambios, de aumento de responsabilidades pero también de realización personal: comenzamos nuestra residencia. Soy Miguel, y voy a contar cómo ha sido mi experiencia estos primeros 6 meses de trabajo.

Todo empezó el citado día de mayo. Todos los residentes fuimos allí con mucha ilusión y, también hay que decirlo, con mucho respeto ante lo desconocido. Por suerte, desde antes de entrar pudimos entablar las primeras conversaciones entre los compañeros formando los primeros vínculos. Una vez dentro, nos recibieron con mayor ilusión incluso que la nuestra los miembros de la Unidad docente y nos explicaron cuáles serían los pasos a seguir a continuación. En resumen, múltiples viajes primero a todos los centros de salud, después de nuevo al Hospital Militar para elegir la que será nuestra casa para los próximos cuatro años y de nuevo al coche a Distrito Aljarafe porque por algún motivo administrativo Camas se encuentra en el aljarafe, pertenece al distrito sanitario Norte y su hospital de referencia es el Virgen el Rocío. Total, tras rellenar papeles y más papeles, por fin terminamos la burocracia y ya estábamos listos para ir al centro de salud.

Dejada atrás toda la parafernalia de bienvenida, comenzamos con lo importante: los primeros días de todo. Y cuando digo de todo, es DE TODO. Prácticamente recién aterrizados ya nos estaban pidiendo que rellenásemos no se qué cuadrante de guardias y de rotatorio en urgencias, anunciando tropecientos cursos cuya asistencia era obligatoria y cada uno en un lugar distinto: que si el aula 1 o el aula de informática de distrito, que si en el aula magna del hospital general, el aula X del pabellón de gobierno, el aula magna del hospital de traumatología, que si en el aula de urgencias… Menos mal que yo había estudiado aquí así que más o menos sabía dónde estaba todo, pero algunos de mis compañeros estaban más perdidos que barco del arroz. Aunque bueno, pese al esfuerzo que suponía todo esto, todo se hizo más llevadero al haber coincidido un grupo estupendo, juntándonos para tomar café en los descansos y comiendo juntos al término de los mismos. Así fuimos forjando la piña que somos actualmente.

Por otro lado estaba la elección del tutor en el centro de salud. En Camas, debido a que la mitad de los residentes se iban a urgencias la primera quincena de junio, decidimos rotar un día por todos los tutores y elegir. Me pareció un poco precipitado al principio, sin embargo pude elegir a la tutora que quería: Mercedes Casado. Me llamó la atención por su cercanía con los pacientes, para mí es uno de las principales características que debe tener un médico de familia, así que cuando la elegí me sentí aliviado. No obstante, la alegría no dudaría mucho, ya que el día 1 de junio, el primer día que oficialmente podíamos tener guardia, me tocó en la puerta del Hospital General.

Así que ahí estaba yo, un triste R1 de familia que no había ni siquiera pasado consulta un día, que no había tocado ni un libro desde que cerrara los apuntes del MIR en febrero, en la puerta de todo un hospital de referencia como es el Virgen del Rocío. Iba literalmente cagado de miedo, aunque me sentí algo mejor (o menos mal) al ver que el resto de residentes con los que compartiría las siguientes 24 horas de mi vida estaban igual o peor. Fuimos recibidos por los residentes mayores que nos explicaron un poco cómo se organizaba el trabajo allí, y nos dieron los 7 palos que decidirían nuestro destino. En aquel momento, siendo sincero, no tenía ni idea de qué estábamos haciendo ni para que servía, más adelante comprendí por qué las siglas STC son música celestial para la guardia. Saqué el primero y voilà: Consulta 8 – Preferentes. Mi primera guardia, y me tocó la consulta de los más malitos de toda Sevilla y alrededores. Mi cara tuvo que ser un poema porque me apartó una residente mayor y me explicó que no pasaba nada, que los graves los vería el adjunto y el resto eran banales.

Me dirigí temeroso a la puerta de la consulta, me asomo y veo a un hombre en una camilla, pálido, con oxígeno puesto, una enfermera monitorizándolo y el que sería mi adjunto escribiendo mientras preguntaba al familiar qué le había pasado. He de confesar que en el momento sentí que iba a acabar en una camilla como ese paciente, pero me armé de valor y acabé entrando. Una vez me presenté, me pregunto que si era mi primera guardia (me lo debió ver en la cara, de nuevo) y que no me preocupara, que no era tanto como parecía. Pasado el paciente a observación, me estuvo explicando cómo funcionaba la consulta y que él permanecería fuera controlando lo que hacía. Dicho esto, me encomendó que llamara al siguiente paciente y se marchó.

Ahí estaba yo, en una consulta de urgencias, con un paciente esperando a ser atendido por un médico y lo iba a ver yo, que no veía un paciente desde las prácticas de sexto de carrera. Prioridad 5, suena bien. Leo el motivo de consulta: Tos y fiebre. Bueno, no parecía que se fuese a morir, así que lo llamo por megafonía. Una vez el paciente delante, la verdad es que me esperaba que fuese más difícil, más tenso, pero fue muy bien. Terminada la anamnesis, salí para comentárselo al adjunto, consensuar tratamiento y finalmente, darle de alta con recomendaciones. Llamé al siguiente, igual. Después de una hora, ya había perdido ese pánico de los primeros minutos, y se me hizo mucho más liviano el resto del día. Salvo un par de pacientes graves (SCACEST, EPOC reagudizados, un código ictus), fue una guardia buena.

Después de esta toma de contacto, el lunes siguiente tocó volver al centro de salud. Empezamos a conocernos Mercedes y yo entre paciente y paciente y, sobre todo en los desayunos. Tras unos cuantos días, comencé a soltarme y a participar activamente en la anamnesis y en la exploración, así como me apoderé del ordenador al ser capaz de escribir a una velocidad moderada/alta. Quiero mucho a Mercedes, pero escribir no escribe rápido con el ordenador.

Mientras, iban pasando los días. Entre cursos y cursos, consultas y la segunda guardia que resultó como la primera, comencé a adaptarme al sistema. También ayudó mucho el ambiente del centro de salud, muy implicado en la formación activa con sesiones clínicas diarias y un ambiente de trabajo entre residentes y adjuntos que me impresionó para bien.

Así pues, fueron transcurriendo los días, las semanas, y cada vez me notaba más ágil. Fui asumiendo más responsabilidades, tanto en el centro de salud como en las guardias, participando activamente en las tomas de decisiones y anotando aquello que desconocía o tenía mal aprendido, adquiriendo habilidades y conocimientos a la par. Y todo esto sin olvidar que también somos personas y no todo es estudiar: quedadas con los compañeros para ir de cervezas, una buena comida de tapeo para compartir anécdotas, o simplemente un café rápido de 5 minutos con tus compañeros de centro de salud o durante la guardia con residentes de otras especialidades, han fomentado que vaya creciendo como persona y no sólo como médico.

Todo esto nos lleva a la actualidad. Los R1 de familia hemos tenido que pasar la consulta de nuestros tutores solos durante una semana y esa sensación de nerviosismo inicial volvió a florecer. Sin embargo, ya conocemos a nuestro cupo, sabemos qué necesitan y somos capaces de orientar y tratar sus problemas. Obviamente, yo por lo menos he necesitado ayuda de mi tutora o del compañero de la consulta de al lado, pero he sentido gran satisfacción al darme cuenta de que realmente soy capaz de enfrentarme a un paciente sólo en la consulta, que me confíen sus problemas y poder ayudar a resolverlos. Siempre tuve el amparo de Mercedes, quien controlaba que todo lo que hacía estuviera bien orientado, y cuando tuve alguna duda o cualquier vacilación ella me la resolvía al terminar el día, para que cuando me volviese a enfrentar a una situación similar pudiese abordarla. Tengo que agradecerle mucho la verdad, me ha ayudado a mejorar mi confianza en mí mismo y me ha enseñado muchísimo.

Hoy en día, cuando miro para atrás me doy cuenta de todo lo que he avanzado, y soy consciente de todo lo que me queda por aprender. Desde que entré siendo un manojo de nervios inseguro a ahora hay una diferencia enorme. Comprendo que tuviera miedo al inicio, sobre todo de las guardias, ya que es una situación de estrés que, aunque los R1 estemos asignados a un adjunto, sentimos la presión asistencial como todos. Soy consciente de que conforme pasen los días tengo que ganar seguridad, agilidad y sobre todo conocimientos para que el año que viene cuando tenga que gestionar mi propia consulta pueda llevarla adelante. No obstante, se que pasar todos esos miedos, ese sentimiento de sentirme como un inútil (es triste pero siempre hay momentos en los que es imposible no sentirse así), es completamente necesario. Todo ello te da experiencia, te da la capacidad de fijarte en cómo lo hacen los demás, aprender, ganar autoconfianza, etc., porque cuando uno empieza la residencia sabe mucho más de lo que cree, sólo que no sabe gestionarlo.

Aún queda un largo camino que recorrer, sin embargo actualmente me encuentro muy ilusionado con todo lo que está por llegar. Estoy deseando que llegue el momento de rotar por los distintos servicios, conocer qué hay detrás de las derivaciones que hacemos desde consulta, y aprender para intentar ser capaz de resolverlo por mí mismo en el futuro.

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